Los cimientos de la cuna

Hogar, dulce hogar…

Una decadente creencia acerca de la fortaleza e inmunidad del cuerpo físico se mantiene en algunos hogares hasta en estos tiempos. Se trata de creer que tener una casa bien higienizada no le daría oportunidad al cuerpo de generar su propia inmunidad ante agentes patógenos.

Sólo para el extremo de un obsesivo aislamiento en el hogar, pensando que el mundo es un reservorio de peligros, dejaría a las personas en una “burbuja” que efectivamente debilitaría a cualquiera por su propio encierro.

Sí hay una cosa verdadera en esto y es que la inmunidad se puede fortalecer, siendo siempre esto en un ambiente de pureza.

El hogar en que vivimos debe ser además del hogar nuestro, el de nuestra familia y el de todo ser de luz que desee manifestarse, por lo que la armonía y la pureza en todo ámbito son la puerta abierta a estos seres y a lo virtuoso. Mantener el hogar limpio, bello, ordenado e higienizado es un deber mínimo para con uno mismo y lo seres amados, un homenaje a la divinidad.

La inmunidad se va fortaleciendo en primer lugar en coherencia con el sostener de la armonía emocional y mental, lo que requiere una gran fuerza interna de voluntad. Por otra parte la interacción con la naturaleza es otra clave para el desarrollo físico inmunitario: la actividad lúdica al aire libre, coger y comer frutas o verduras desde su hábitat natural, alimentación orgánica, tomar agua de las vertientes o ríos limpios, bañarse en agua de mar, etc. (Todo esto ojalá desde la niñez).

Seguramente muchos han observado que sí es efectivo que por ejemplo algunos niños que viven en ambientes hogareños con bajos niveles de higienización o de malos hábitos de aseo se enfermen menos; pues el habituarlos de esta manera más cercana a lo animal que a lo humano sólo logra que la energía de su raíz se contamine, provocando otra forma de enfermedad a nivel interno y a largo plazo, esto por la falsa creencia que le van dando los Padres de falta de pureza y refinamiento.

El problema (o enfermedad interna) comienza a manifestarse después, cuando la energía raíz sigue su curso natural en la formación y esta comienza a subir por los distintos centros energéticos con sus impurezas integradas; la percepción de sexualidad se ve afectada, la relación interpersonal, el desarrollo social, todo con matices de impureza transmitida desde la cuna, creyendo como natural lo impuro.

Vemos así como la pureza y refinamiento son tan importantes en la primera infancia (y en toda etapa), ya que esta es una edad de formar cimientos y estos tomarán el “aroma” de lo que los rodee, definiendo en parte importante el sostener del resto de la estructura.

Como en todo, las bases definirán en gran medida cómo nos desarrollamos en cualquier área y su sostenibilidad. (Click aquí, artículo relacionado)

Nunca es tarde para transformar y evolucionar esto en cualquier etapa de la vida, la información está a disposición y cada paso también para volver a encontrarnos con nosotros, entre nosotros y con los demás reinos.

Gastón Barrientos Sch

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