Una condición muy recurrente es la de viajar de extremo a extremo con nuestras emociones. A veces creyendo que estamos conquistando los cielos de alegría y otras veces creyendo que el mismo cielo nos aplasta.
Para que ambos casos existan debe haber previamente una construcción de los mismos, es decir que tanto para el estado de alegría extrema como para la amargura o tristeza, se trabajó mentalmente (consciente o no), con una serie de dosis diarias de pensamientos y creencias que fueron predisponiendo lo emocional.
A esto debemos sumarle que externa e internamente hay dos corrientes (contrarias entre sí), que llevan respectivamente a distintos destinos:
La primera es el mar de creaciones humanas a través su historia, que tiene cientos de corrientes materiales y que tienden a recalar a corto o largo plazo en diversos puertos de decadencia, donde su influencia afecta en lo mental, emocional o físico hacia la vejez, enfermedad o afines (Éste es el Mundo como lo conocemos).
Por su parte y en lo no intervenido, está la tendencia natural del cuerpo (físico o no físico) a encontrar su equilibrio, fenómeno llamado Homeostasis (lo cual es comandado por el espíritu), cabiendo señalar que no busca un estado extremo de euforia ni alegría alocada, sino el equilibrio y sobriedad en todas sus dimensiones.
Los principales enemigos y/o aliados no son materialmente visibles, esto significa que son los aspectos como la ignorancia o sabiduría, la indisciplina o disciplina, la rebeldía (espiritual) u obediencia lo que nos lleva a vernos construyendo realidades emocionales las cuales más tarde lamentaremos o gozaremos.
Así alimentamos la mente, sintonizando diariamente con pensamientos que nosotros mismos permitimos „en la cabeza“, precipitándose de dos posibles formas: Directo al corazón y al abdomen como un fluido pegajoso que al estancar la homeostasis abre el paso a la frustración, la ira, el rencor o la desesperanza. Y contrariamente en el ideal, precipitando una lluvia renovadora de puras bondades tejidas en virtud que baña cada expresión y cada paso que demos.
Ser responsables de lo que queremos vivir es estar atento a qué vamos construyendo o qué tipo de nube haremos que nos precipite de la cabeza a los pies y junto con esto, debe haber también una actitud de guerrero, donde se ponga la guardia en NO PERMITIR que nos arrastre la efluvia, o sea resistir a la tendencia externa del mundo corrupto de salirse de la armonía, atento a construir lo bueno y a no permitir lo malo o destructivo.
Seamos los constructores y guerreros guardianes del templo donde habita Dios en nosotros, para que así cada templo personal se transforme en pilar de una mayor construcción, la de una civilización armoniosa, viviendo los reinos del Creador.
Gastón Barrientos Sch