Amada tripulación de mi vida,
Quiero partir en esta carta pidiéndote perdón, ya que antes que llegaras a este mundo sólo pensaba en mi y no en ti. Rellenaba mis vacíos y calmaba la ansiedad de mis sueños con imágenes de grandes veleros y capitanes intrépidos que me llevarían a dar la vuelta al mundo en 80 años…
Cuando conocí a tu padre me convecí a mi misma de que había encontrado un hombre de mar y por creerme yo sola este cuento en aMARgura fui a zozobrar. ¡No imaginas cuánto miedo nocturno congela los huesos!, cuando el capitán salta del barco y los marineros te miran con esos pequeñitos ojos de Fe, luego sólo queda tomar el timón y hacerlo muy bien.
Ya han pasado años y lo que unos felices besos de antaño lograban consolar, hoy se han cambiado por unas oportunas palabras que se pintan de Sabiduría cotidiana para tu corazón acompañar.
Sólo quiero que experimentes tanta felicidad y gratitud por cada situación que enfrentes, aún cuando a veces la forjará el dolor y otras la dulce sensación que deja su alegría consecuente. Así permitas siempre situarte al centro de tu vida a contribuir en la de los que te rodeen y a pesar de que para algunos seremos invisibles por un momento o por un ramillete de momentos, eso jamás será eterno, porque algún día aparecerán a bailar con nosotros la canción del navegante que reconciliado vuelve.
La vida siempre nos ve y por ello nos entrega de ella más, por esto es ella virtuosa y tú así la expresas en profundidad.
Algunos crecen con Mamá y Papá y pueden sentirse seguros, tú creciste con MAPÁ (una Madre haciendo más de un rol) habiendo tenido que forjar seguridad desde dentro, en un barco que agitado por tempestades jamás zozobró.
Te hiciste un marinero(a) despierto, más adelante un gran capitán.
¡Iza tus velas consciente!, con las cartas de navegación que juntos confeccionamos y con la brújula de lo correcto en las manos.
¡Que no es el barco ni los océanos!, sino el sentido de navegar lo que nos hace amos del mar.
Te ama Mamá.
Bárbara Blachet A.