Luego de caminar por días entre los húmedos bosques vírgenes de la Patagonia, los dos aventureros por fin llegan al lago de las leyendas.
Un espíritu de luz cósmica los esperaba, sabía de su llegada, de sus anhelos y de sus miradas; luego se alza sobre el tendido espejo de agua, mientras los aventureros en prosternación, vierten sus desprendidas ofrendas del alma.
No tarda la reverencia, cimentada en una sólida y fraterna elegancia; brota belleza entre partes que se agradecen y se aman.
El momentum estaba presto, el ser magnífico expandía en fulgor su corona, ofreciendo sin misterio, a cada uno un deseo.
No lejos de la cordura y muy quitados de la vacuidad, el primero muy solemne pide sabiduría, el segundo muy sereno va por la humildad.
Y claro está que ante su grandeza, hasta las orillas del norte y del sur se arrodillaban, mientras que con la suavidad del silbar del viento, a cada uno con su justicia lágrimas de gozo les inspiraba.
La palabra correcta es acción eterna, triunfa el fondo ante toda forma.
El gran espíritu ya se había manifestado, más allá de la inteligencia, mas allá de la nobleza y quizás más allá de la inocencia conocida.
Ya no quedaba duda, la ley se cumplía: El primero recibió humildad y el segundo sabiduría.
Gastón Barrientos Scholtbach